Un «juega!» imperativo

Hace tanto tiempo que el mundo parece haber cambiado desde entonces, salimos a la calle por unas prácticas de antropología. La idea era jugar con el lenguaje no verbal y las tradiciones, costumbres, hábitos inefables de nuestra sociedad. Mirar fijamente a la gente en el metro para ver cómo reaccionaban, caminar durante largas calles pegado a alguien por la acera, ocupar el espacio vital de los demás, romper con todas las normas. Cada cultura tiene sus pautas de conducta aunque al crecer en –dentro de- ella no seamos conscientes de interiorizar leyes sociales no expresadas.

            Una de las chicas de mi grupo de trabajo decidió ver qué pasaba al acercarse a un chaval sentado sobre el césped del Parque del Oeste y, sencillamente, sin dirigirle la palabra, sentarse a su lado, muy cerca, sin mirarle. El chico no hizo nada. Nada en absoluto, aparte de mirarla un par de veces y, sin mediar palabra, seguir contemplando el horizonte. No hizo nada. Mi compañera era una chica joven, sana y atractiva, pero aunque no lo hubiera sido, ¿qué importa eso? ¿En un parque vacío con cientos de metros de hierba libre alguien se sienta a medio centímetro de ti y no dices nada, no haces nada? ¿Ni hablas ni te alejas?

            Una de mis fuentes innombrables me contó una vez una historia que, para él, era el relato romántico más bello que jamás se había escrito. Era la historia de un hombre y una mujer perfectos el uno para el otro. Dibujaba el argumento de una línea vital en la que el chico y la chica disfrutaban juntos de la juventud, compartían la madurez siendo felices teniéndose al lado y se cuidaban entre sí en la vejez sin dejar jamás de amarse porque eran perfectos el uno para el otro. Era una bella historia de amor, pero no la más bella. No esa parte; había otra. El escritor había imaginado un mundo paralelo en el que ese chico y esa chica, la pareja perfecta, se cruzaban de jóvenes por la calle y se veían por primera vez. En ese plano alternativo, en la calle, el chico pensaba: “cómo me gusta esta chica, podría ser la mujer perfecta para mí. Deprisa, di algo interesante”. Y ella, al cruzarse con él, pensó: “cómo me gusta este chico, podría ser el hombre perfecto para mí. Deprisa, haz algo para llamar su atención”.

            Pero ninguno de los dos hace nada. Y no se conocen, y se cruzan y se pierden separándose, y no vuelven a encontrarse jamás a lo largo de sus vidas. Y no hay historia de amor.

            Nunca más.

            Cantaba Sabina aquello de “no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”. Hay ciertos momentos únicos, mágicos, distintos. A veces, esos momentos vienen, te seducen y, de no atraparlos, desaparecen. Existe un universo de lo que nunca fue pero pudo haber sido. Una dimensión de lo no acontecido. Decía el segundo Wittgenstein que el mundo es todo lo que acontece. Mentira. El mundo es todo lo que sucede y no. No sólo lo que no ocurre sino también aquello que nunca será, pero podría haber sido. Si no se aprovecha el lapso de un instante, ¿ha sucedido ese instante?

            Aquel chaval, en el parque, aquel día, no hizo nada. No ganó una amiga, o un ligue, o una sonrisa. Tampoco una enemiga, una batalla, un mal recuerdo. Nada. Y la más bella historia de amor también se pierde en el plano de lo que nunca fue porque ninguno de los dos hace nada. Nada en absoluto. Verán, la inacción es siempre más sencilla que la acción porque no implica riesgos. Mas cualquiera que haya pasado más de dos segundos en una casa de apuestas sabe que si no adelantas tu dinero jamás ganarás nada. Tampoco perderás, pero eso qué importa. Qué importa perder cuando, al menos, estás jugando a algo.

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