Un juntaletras muerto

Está escondido como siempre lo estuvo. En un pensamiento poderoso pero incauto. Es como un ogro, grande y fuerte pero con la sensibilidad de un niño. Lo tengo siempre ahí, en el fondo de la sesera. A veces no tan en el fondo. La mayor parte del tiempo, latente. Y además, late. Con explosiones acompasadas de intensidad rugosa, late. Es la misma parte de mi cabeza a la que le encanta bailar. En las clases de step, en las discotecas, en tu corazón, con la gente que le rodea. Ese latido de vida latente y disimulado que sin embargo está ahí, omnipresente, en todo lo que hago. Escondido, sí, pero presente. Y le encanta bailar.

Esa parte de mi cerebro conoció al escritor que yo era, uno que había fallecido hacía mucho tiempo

(un juntaletras muerto)

y se encontraba ya en el cementerio. Y le dio vida. Quizá para enviarle luego a un callejón, sí, o para despertar algo sin utilidad ni sentido ni razón de ser, o para revivir algo que nunca debía haber sido, porque hay otros talentos y quizá mejores. Pero estaba muerto, y ese pensamiento latente en mi cabeza, desde siempre, lo revivió indómito en los amaneceres, y lo mantuvo despierto en los anocheceres. Y cuando todas las otras técnicas y habilidades murmuraban desconsoladas “tenemos que irnos a casa”, ésta en concreto, que estaba muerta, resurgió de sus cenizas. No, no como el Fénix, más bien como una ameba: arrastrándose poco a poco fuera del agua, con dificultad, dando sus primeros pasos en la tierra, aprendiendo a correr después, luego a trepar, y al fin, sí, a volar como un ave.

Esa parte de mi cerebro es la que impide que yo sea un zombie, como tantos otros. ¡Hay tantos zombies en el mundo! En la calle, en los bares, en el trabajo, en todas partes. Muertos en vida que no saben vivir. Es como si estuvieran lobotomizados. Literalmente; como si les hubieran extirpado esa parte del cerebro latente que los demás tenemos escondida y no pudieran vivir, y se dedicaran meramente a respirar y a moverse y a hablar sin vivir realmente.

Como si les hubieran robado la vida. En la mayor parte de las ocasiones, el ladrón no había dejado pistas.

A veces, sin embargo, conoces más a fondo a una persona y empiezas a entender por qué está muerta. A una le robaron el corazón en una escaramuza que aparentemente no conllevaba riesgo; pero la pillaron distraída, distraída de moral y de escudo emocional, y para cuando quiso darse cuenta le habían clavado la espada hasta el fondo. El fondo no del coño, no, al menos no sólo: del corazón. Y se lo llevaron, se lo robaron, como si de una canción de Sabina se tratara, quizá junto con algo más. Así que está muerta, y no da visos de revivir pronto, pero quién sabe. Quizá algún día esa parte de su cerebro meta primera y arranque, si no ha fallecido para siempre. Espero que sí, que arranque. Y quizá, por qué no, quiera escribir una novela.

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