Un poco de acción

– Lo siento, llego tarde -dijo.

– Una escritora no llega ni pronto ni tarde -le respondió su personaje principal, Clara Despentes-, llega exactamente cuando quiere. Como Gandalf, pero mejor, porque puedes crear el mundo a tu gusto, y poner en los relojes la hora que te de la gana.

– Gracias, Clara.

Pero no era así. Carolina tenía muy claro que sus personajes mentían más que hablaban. Más exactamente, sus personajes tenían una perspectiva del mundo muy distinta a la suya. Lo percibían todo… desde su personalidad.

Y Clara Despentes, la arqueóloga que colaboraba con la CIA en su última novela, de la que apenas llevaba cincuenta páginas y no sabía cómo continuar, tenía algunas cosas muy claras. Clarísimas.

– Carolina -le dijo desde El Cairo apunto de que le dispararan en el hombro-, creo que me hace falta un vestido nuevo.

– No sabes lo que te va a pasar esta noche, Clara, pero ya lo tengo planeado. Créeme, no quieres llevar un vestido nuevo.

– ¿Otro amante? Estoy harta de amantes. Ojalá me contacten de la KGB. Eso me gustaría. Podría espiar a los rusos.

– No en esta novela. No te toca. Pero esta noche pasará algo importante.

– ¡Bien! Me muero por un poco de acción.

– La tendrás. Si consigo salir de este bloqueo… sabes que llevo semanas sin poder avanzar.

– Peor: avanzas pero luego borras lo escrito. No me gusta acordarme de cosas que jamás me sucedieron. Es mi pasado, no retrocedas. Prefiero que mi vida sea una mierda a que mi vida no exista.

Carolina se alejó del teclado para ir a la cocina, pero la voz de Clara estaba con ella incluso aunque no tuviera el texto delante. Clara sabía muy bien lo que quería.

– Ojalá cabalgue caballos en esta historia. En alguno de los capítulos debería haber una persecución a caballo por la ciudad. Sería fantástico, saltando entre los coches.

– Y peligroso.

– Sí, muy peligroso. Para eso me creaste, ¿no? Para tener una heroína. No se puede ser un héroe en el salón de casa, Carolina.

Le dio la razón. Por no ser, no se podía ser ni escritora. Regresó a la sala del ordenador y contempló la página en blanco que debería haber sido la historia de Clara siendo disparada en el hombro, o siendo perseguida por los malos a caballo. O conociendo a un contacto del KGB. Pero nada de eso ocurriría, porque las teclas no se presionaban solas y ella no podía escribir. Hacía semanas que no podía.

– Carolina -era Clara, de nuevo, desde la página en blanco-, ¿por qué no te apuntas a un taller de escritura? He visto en internet que hay un club de lectura, Ciervo Blanco, que hace encuentros de escritores en Madrid. Parece muy divertido: te dan un disparador creativo y escribes un relato breve con él. De ahí podría salir una pequeña historia para mí. Algo con acción, a ser posible. Que alguien instala una bomba y tengo que desactivarla, por ejemplo. O que un niño de siete años me pide ayuda para encontrar a su madre… que resulta ser agente del KGB. Sí, eso estaría bien. En trescientas palabras a lo mejor no habrá mucho desarrollo de personaje, pero al menos me movería un poco. Me aburro en el vacío.

– Ssshhh, no des ideas. Bastante tengo con no poder escribir lo mío como para tampoco poder escribir lo de un club del libro.

– Sosa.

Carolina tecleó “ciervo blanco club” en Google. La página era chula, pero seguro que no le convenían las fechas. Ah, hacían tertulias todas las semanas y escritura creativa cada mes, a veces cada quince días. Podría ir. Aunque seguro que estaba muy lejos… ah no, Madrid. Sí, podría ser. Pero sin duda costaba una fortuna la membresía y asistir a los eventos y… Joder, las actividades Ciervo Blanco eran gratis. Buah, total, seguro que todos los asistentes eran un atajo de carcas aburridos. Pero en la foto salía gente joven y parecían majos.

No pudo encontrar ninguna otra excusa, así que se apuntó al próximo taller mientras Clara sonreía desde el procesador de textos. El disparador del evento era la imagen de un hombre que tendía una mano, borroso. Carolina abrió un nuevo documento de Word en su ordenador. Y empezó a escribir:

Tras disiparse el humo, lo primero que Clara Despentes, de vacaciones en Cancún, pudo ver, no fue la destrucción causada por la bomba que acababa de explotar, sino una mano tendida hacia ella ofreciéndole ayuda. El anillo en el anular no dejaba lugar a dudas: ex-KGB, servicios especiales. Cogió con firmeza la mano y se incorporó. Tenían que escapar antes de que les disparara el francotirador que había vislumbrado en la azotea contigua antes de la explosión. Y debían hacerlo rápido. El niño de unos siete años que le había guiado hasta la puerta todavía, si seguía vivo, podría indicarles cómo encontrar la guarida de Raley Doners, el malvado inversor petrolero, sin duda el autor de este atentado. Miró por la ventana. Un atajo de hombres intentaba controlar a dos caballos que, asustados por el estruendo previo, se habían zafado de las cuerdas que les ataban al carromato. Rápido, pensó. Y aferró con más intensidad la masculina y sexy mano que le sugería… acción. Y Clara Despentes, si algo quería, era sentir algo de acción.

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