Una mañana en el Kyōtotachibana High School

 ( Relato redactado para el taller de escritura creativa en Madrid del Club del Libro Ciervo Blanco )
taller escritura creativa ciervo blanco club de lectura madrid 150308

Nada les había preparado para aquello. Al contrario, toda su pulcra existencia como estudiantes del Kyōtotachibana High School les había condicionado para ignorarlo, para no verlo, para no saber que existía. Hasta aquel día no sabían que aquello podía suceder. Y nunca volverían a ser los mismos.

Sakura y Natsuki, que habían sido amigas desde segundo grado y no se habían separado desde entonces ni dentro ni fuera del colegio, sentadas siempre en las últimas filas de todas las clases, decidieron aquella misma tarde, sin decirlo con palábras ni un mísero mensaje de texto, no verse jamás otra vez. Y no lo hicieron. Sakura, cuyo nombre significa Flor del Cerezo y de quien siempre habían dicho todos que se convertiría en la mujer más guapa de Kyoto, se suicidó aquel junio. Lo hizo además de la forma más deshonrosa.

A Hikari, que soñaba con ser científica de mayor -y no sabía bien de qué, sólo científica en general, quizá de cohetes o algo- se le apagaron los ojos aquella mañana y jamás volvió a ver. No se quedó ciega, no. Sencillamente no volvió a abrir los ojos. Cierto tipo poco común de desajuste psiquiátrico le impedía hacerlo. Se lo impedió para siempre, y ningún doctor de la mente o del cuerpo, dentro o fuera de Japón, pudo nuncar curarle su afección, grabada a fuego en las conexiones sinápticas de sus neuronas ya no reprogramables para abrir los ojos otra vez.

Ryû siempre había sido el más popular. El más querido, el que más amigos tenía. Al que invitaban a todas las fiestas, el que tenía la palabra correcta en el momento oportuno y no se le podía manipular en las relaciones sociales porque se le daban bien por naturaleza. Desde aquel día, nada volvió a saberse de él. Dejó de ir al instituto. Dejó de vérsele por las calles. Dejó de asistir a eventos. No parece que muriera, y dicen las buenas y malas lenguas de Kyoto que a veces le han visto mirar entre anhelante y asustado por la ventana desde el interior de su habitación de la casa de sus padres, de la que ya nunca sale.

Sora y Mitsuki nunca se habían llevado bien. Una competitividad nunca explícita entre ellos por sacar las mejores notas y el favor de los profesores les había convertido en rivales tácitos y, aunque se guardaban cierta distancia social de cortesía, a veces se soltaban borderías y hablaban mal el uno del otro a las espaldas. Desde aquella mañana todo aquello careció de importancia. Al contrario: Cielo y Luz de Luna forjaron allí, a la salida del instituto, a los pocos minutos de terminar aquello, cuando ya no podían correr más, un pacto que duraría hasta el final de sus vidas en distintos continentes con el que juraron, pasara lo que pasase, jamás contar a nadie el incidente de la clase de Inglés del Kyōtotachibana. Ambos cumplieron su palabra, y sólo Mitsuki volcó en su diario a lo largo del tiempo la historia de lo acontecido, repitiendo intercaladas las mismas palabras una y otra vez, página tras página, día tras día, durante treinta y siete años hasta que en el momento de su muerte su hermana pequeña Mei encontró el diario y lo tiró a la basura sin leerlo por respeto a la difunta, que ya no escribiría más sobre lo que ocurrió aquella mañana en el Kyōtotachibana High School.

 

 

 

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