Una pequeña aldea gala

En las embajadas de las emociones pocas veces hay tiempo para la tregua. Quiero decir, es como un reducto en un país ajeno. Una pequeña aldea gala rodeada del corazón de otra persona. No me explico bien.

Quiero decir: cuando sentimos algo por otro ser humano es como si instaláramos, con su consentimiento, una embajada de nosotros mismos, de nuestras emociones, en su corazón. Y lo que rodea a ese pequeño consulado de nuestras emociones son las suyas propias. Así que nuestros sentimientos se encuentran continuamente zarandeados, atacados, constreñidos, por las emociones del otro. Generalmente en guerra, salvo que la relación sea tranquila -o mejor: esté tranquila- y entonces se forja una pequeña calma, una ligera pax romana, que durará lo que tarde en regresar la guerra. En esa embajada, nuestros efectivos sentimentales siempre están en desventaja. Al fin y al cabo, están en un país extranjero, en esa nación exótica que es el corazón del otro.

Puedes poner rejas en las ventanas de la embajada previendo futuros altercados, para evitar tener que preguntar luego «¿Eso es sangre?». Y dobles cristaleras antibalas. Y muros de hormigón armado. Pero es mala señal. Es como si temieras que algún día fueran a echarte. Y quizá lo hagan, y te refugies en el interior de la embajada, ajustes contrafuertes en las puertas, tablones en las ventanas blindadas, hagas acopio de provisiones e instales metralletas en el tejado para resistir cuanto puedas. Para aguantar cuanto puedas en el país del corazón del otro, y mantener la vanguardia de tus sentimientos, ese reducto diplomático en las entrañas de sus sentimientos, batiéndote en sangrienta y sudorosa lucha contra sus emociones, conteniendo la embestida de populacho enfadado pretendiendo echarte, resistiendo el asedio de estacas y picos con el que quieren no ya hacerte daño, o al menos no sólo, sino sobre todo expulsarte, que te vayas de sus tierras. Sí, puedes resistir acorazado durante mucho tiempo esa embestida.

Pero qué sentido tiene.

Qué sentido tiene permanecer en un país que no te quiere. Que te está echando. Que te está tratando como si fueras basura. Para qué te quedas, por qué no dices algo tan sencillo como «De acuerdo, me marcho, ahí te quedas». Y ya está.

Ah, pero tienes intereses en ese país de sentimientos ajenos, ¿verdad? ¿Hay petróleo, madera, materias primas? ¿Has encontrado una mina de diamantes? Por eso quieres quedarte. Quieres algo de ese país, o más bien: quieres ese país. Amas a ese país. Necesitas a ese país.

Sí. Así que aguantas las embestidas y resistes el asedio como puedes, sufriendo daño y bajas, pero soñando con romper algún día el cerco y pensando que quizá, si aguantas lo suficiente, el populacho claudicará, se rendirá o, por lo que fuera, quizá en un lento fade, cambiará de opinión, claudicará, te querrá. Querrá que dejes tu embajada en su terreno e incluso que la agrandes.

Y quizá suceda. Sí, quizá suceda algún día, si otros factores influyen en la lucha a tu favor, y todo cambia.

Pero es un error. Es un error quedarte. Es un error mantener esa embajada contra la voluntad del país anfitrión. Y para cuando lo veas, para cuando lo comprendas, será demasiado tarde y ya te habrás hecho daño. Quizá mucho daño.

Vete, anda. Sal de mi corazón. No sé explicártelo mejor.

Sé el primero en comentar

Deja una respuesta