El último viaje (Parte I)

  • Vaya.

Lo decía levemente compungida. Sólo levemente, tan distinta a una humana. Una humana hubiera expresado rabia. Un “joder”, tal vez. Pero Lilei Alenda era una elfa. Con las orejas puntiagudas, los ojos rasgados, el cuerpo esbelto y el carácter templado. Siempre templado. Yana, como humana, tuvo una reacción distinta: se sentó sobre una piedra cercana, y lloró. “Tanto sacrificio, para nada”, pensó.

Lilei la miró, embelesada un instante con las lágrimas humanas que conocía bien pero todavía le resultaban intrigantes, para desviar los ojos a las montañas de Sarente, en el horizonte.

  • Quizá allí -dijo.

No lo creía. Lilei no entendía el afán de su compañera en rebasar las Fronteras, pero la seguiría hasta más allá de esas fronteras. Yana había sido su amiga desde que la joven humana había tenido uso de razón. Desde entonces se habían hecho compañía, y ayudado la una a la otra en los quehaceres diarios y en los extraordinarios.

Yana negó con la cabeza.

  • Es inútil -musitó-. Quizá estoy equivocada. Quizá sea mejor volver a casa.

Lilei Alenda, maestra guerrera, no respondió. No había sido ella quien decidiera abandonar el poblado, cruzar el bosque azul y adentrarse en el Desierto de las Luces Robadas hasta alcanzar la isla verde, el espejismo, donde descansaron durante unos días, casi felices aunque añoraran sus hogares, antes de recorrer el último tramo del camino. Llevaban más de un mes de viaje y varios días rondando la montaña, Kulandamaro. Aquella montaña insalvable iba a acabar con ellas. Allí acababa el mundo, y el hambre y la sed acabaría con sus vidas.

  • Es inútil -repitió Yana, enjuagándose las últimas lágrimas-. No hay forma de cruzar esta montaña.

Lilei recorrió con la vista el horizonte cercano de la montaña. Era cierto, no la había. Ni un camino, ni un sendero. Nada que les permitiera llegar al otro lado. La montaña era el fin, la frontera.

  • Esto ni confirma ni niega que lo que pensabas sea correcto -afirmó Lilei.

La voz serena, el tono razonable de su amiga desperezó la atención de Yana lo suficiente como para considerar lo que le decía. Desde que se le ocurriera que, tal vez, hubiera otros mundos aparte de este, Lilei, como siempre, había sido su fiel compañera. Sin ella, no habría sobrevivido; no sólo por lo físico, lo logístico, sino por lo emocional. Lilei Alenda, maestra guerrera, como buena elfa, mantenía el corazón amarrado y las ideas nobles. Con calma, añadió:

  • Si el mundo, como rezan los Bulo, tiene un fin y es todo lo que hay, no habrá caminos en esta montaña que nos lleven a otro lugar, a un “otro lado” que pueda explorarse. Pero el mundo ha estado aquí desde las generaciones que se remontan a Talagasi y siempre hemos creído que era finito, que las fronteras eran los bordes de la tierra; por tanto si, como dices, puede haber otras tierras, los caminos deben estar escondidos, no pueden ser claramente visibles porque, si fuera así, nuestras razas no habrían confundido las montañas con límites durante tantas eras.

Lilei jamás la abrazaría. No por propia iniciativa. No le secaría las lágrimas. Ni siquiera la consolaría nunca con palabras bellas. Lo que Lilei haría siempre sería tornar la situación en algo digno, o divertido, o emocionante; cambiaría el estado de las cosas hasta lograr que fueran bellas, o interesantes, o animadas; enfocaría la realidad de tal forma que incluso la más triste e inútil Yana sintiera que había un por qué, una esperanza.

  • Es decir -continuó Lilei-. Que no encontremos el camino al otro lado ni prueba ni desmiente que haya un otro lado. Por lógica, si lo hay, es normal que no encontremos el camino con facilidad.

La joven humana lo pensó un instante y sacudió la cabeza.

  • Aunque lo haya -respondió-, quizá no lo encontremos nunca.
  • Eso es cierto, sí. Otros lo han buscado antes que nosotros. Las expediciones de Ninne, por ejemplo, no encontraron nada.

Yana asintió. Siempre había pros y contras, certezas en las dudas y realidades en lo imaginado.

  • ¿Quieres volver? -preguntó la humana-. Tienes que echar de menos Randovero tanto como yo. Tu casa, tu hermana, Leoi Alenda.
  • Sí, todo eso echo de menos. Como tú a los tuyos y a lo tuyo. Pero Randovero siempre estará ahí. Para mí, Yana, lo sabes, es suficiente con estar a tu lado, aunque sea perdidas en un bosque de arena, con el agua escasa y la caza inexistente. Mientras estemos juntas, podemos pasarlo bien, y disfrutar de la vida.

Siendo más jóvenes, mucho más aún, Yana había tendido a irritarse por la incapacidad de la elfa de tomar decisiones. Aunque era rauda para las decisiones triviales, y certera en sus querencias y opiniones, y contundente en sus necesidades y código ético, en los grandes dilemas era la emocional e inestable Yana quien solía decidir. Lilei, elfa de la cabeza a los pies, aportaba cordura para vislumbrar mejor en qué consistía, y cómo resolver, ese dilema.

  • Ya -respondió Yana-. Lo sé. Temo que esta vez nos hayamos pasado de la raya, y se nos vaya de las manos algo que sólo era una aventura emocionante hace unas semanas, pero hoy puede cambiarnos la vida, para mal. ¿Quieres seguir?
  • Quiero sentarme a saborear, en aquel claro de allí -y señaló un lugar sombreado bajo rocas de la montaña sobresaliente-, las últimas hebras de té de Randovero que nos quedan. Y cuando nos hayamos reído tres veces, y hablado de lo que no nos preocupa, partamos camino, bien volviendo a casa, o insistiendo en estas montañas, o probando suerte en las montañas de Sarente.
  • Está bien. Me parece bien.

Lilei sonrió. Levemente, claro. Y echó a andar hacia el claro. Yana, su vieja amiga y joven humana, la siguió unos instantes después.

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