Viejos amigos

Viejos amigos. Tiene algo especial esta casa. Cada vez que entro en ella me envuelve una sensación de calma que no encuentro en otras. Sé bien por qué, y no es la casa en sí. Es sólo un chalet nuevo no demasiado bien decorado ni especialmente acogedor. Es la gente que lo habita. Emanan calor.

Cuando llego están viendo los Goonies. El pequeño, de unos cuatro años, se lo está pasando bomba. Además de sus padres, que son dos de mis mejores amigos, también está el hermano de ella, el primo de él y una joven rusa que vivió durante un tiempo en casa de ella y ahora estudia en la Politécnica. Están viendo la tele y hay algo en ese salón, según entro, que me llena al instante. Es la sensación de estar en familia aunque yo no lo sea. Suya, quiero decir.

En cierto modo lo soy. Me siento a ver los Goonies pero sólo el crío la ve, los demás escuchan absortos mientras les cuento anécdotas vividas en los últimos cuatro meses.  Puedo hacerlo con ese trato ágil que sólo produce la confianza. Hay también un juego de miradas que sólo dos de nosotros entendemos. Son muchos años.

Miro alrededor y lo que veo me gusta y al mismo tiempo no. Cochecitos de juguete, un puzle a medio completar, algunos trastos, restos de la cena, botes de Coca-Cola. La tele encendida habla de tesoros y piratas y valientes y malvados, pero sólo el crío la mira. Nosotros comentamos las noticias: alguien ha pegado a alguien en el metro, alguien ha matado a un taxista, alguien ha hecho lo que no debía.

Poco a poco me voy hundiendo más en el sofá. Me gustar estar ahí. No quiero irme nunca. Me envuelve la calidez de ese salón como no lo hace el de mi propia casa. Mi casa es fría. Todavía no me he ido y ya echo de menos ese salón, con esa tele, con esa gente. Me quieren y les quiero, pero es más que eso: a veces querer no basta. La calidez fluye y eso es lo difícil, es lo que importa. No hay chimenea pero la sensación se le parece. Es como un anuncio de mantequilla o de zumos de naranja donde todos son felices y todos comen sano.

Y puede que ninguno lo seamos. Felices, quiero decir. No lo sé. Pero durante el tiempo que estamos allí, en ese salón, con la tele encendida que sólo el crío mira, lo parece. Y cuando la peli termina y recojo mis cosas para irme, pienso en el taxista muerto, en la muchacha apaleada en el metro y en que alguien, en algún lugar de este país y del mundo, está haciendo daño a otros.

Lo que me llama la atención es el contraste. Porque a veces uno tiene la sensación de que el planeta se está yendo al garete, de que algo en la sociedad en que vivimos, dentro y fuera de nuestras fronteras, es entrópico en su naturaleza. Es esa sensación de que algo está profundamente mal. Profundamente mal.

Pero cuando estoy ya en la calle, entrando al coche, miro a la casa de la que acabo de salir. Todavía hay luz en las ventanas. Y sé, con plena certeza, que mientras haya luz en esas ventanas todo está bien. Porque si la hay allí, la hay en otros lares. Y uno sabe, en un instante, en mitad de la calle, a oscuras en la noche, cuáles son las cosas por las que merece la pena luchar, y cuáles no.

Uno piensa en sus guerras, su ego, sus movidas, sus problemas, sus fallos, sus enemigos, sus dolores. Y piensa que no valen nada. Que lo único que vale la pena en este mundo de mierda es poder entrar a una casa como esa, a un salón como ese, y que alguien, todavía hoy, y mañana y pasado y para siempre, en una tele encendida que sólo el crío mira, esté viendo los Goonies.

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