Voyeur

El teniente Dietrich, con el flequillo zarandeado por el viento, largo incluso para los más modernos de la Alemania de 1939, sonrió confiado bajo el solemne escrutinio del führer, y afirmó que Polonia podía caer en un día. Tomamos Varsovia en septiembre, el día 1, y el 2 ellos mismos nos entregan Krakovia, decía, sin dejar de sonreír.

Adolf le miraba hipnotizado, pensando en lo niquelado del perfil de la nariz del teniente y en lo largas que eran sus pestañas. Mientras Dietrich le miraba fijamente y hablaba, el canciller imaginaba sus músculos bajo el uniforme y agradecía ser ateo por no tener miedo de la condena eterna en el infierno que cualquier dios le obligaría a cumplir por pensar lo que estaba pensando sobre el joven teniente, que en este momento se resoplaba el flequillo alzando el aire hasta la frente y ampliaba la sonrisa, mientras recitaba nombres de ciudades y personas que Hitler no escuchaba: París, Mussolini, Rommel, el desierto, Stalin, Japón.

Nada importaba, salvo los ojos del teniente.

Quiso ordenarle decir la verdad y preguntarle si sabía hacer mas cosas con la boca ademas de hablar, pero no se atrevió. El líder del tercer reich tenía una reputación que mantener, aunque más de un estudiante de arte, en la facultad, le había conocido mejor.

Mientras, el teniente continuaba describiendo el plan y terminaba la frase diciendo: y así, mi führer, con las bolas chinas, penetramos a los resistentes británicos.

Hitler sabía que se refería a las nuevas balas redondeadas de fabricación asiática, pero sus ojos relampaguearon un instante al imaginar a Dietritch en la cama con su mujer, que es lo que realmente le ponía, mientras él les miraba. Sí, no tocaría al teniente ni en pintura, pero a su mujer Eva le daría mucho placer.

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