¿Y si me muerde? (A propósito de los patos de madera, y en su honor)

Si estoy viva o no es un problema aparte. Yo creo que sí, pero ellos pensaban otra cosa. O se comportaban como si pensaran otra cosa. Ser real, seguro que lo soy. Claro que el término “realidad” hay que cogerlo con pinzas. O sea, un pato de madera, ¿es real? Pregunto. Lo pregunto en serio: ¿es real un pato de madera? Bueno, algunos habréis contestado que no, que no está vivo. Pero es que no os estoy preguntando si está vivo o no, os estoy preguntando si es real. Y sí lo es: puedes tocarlo, no lo atraviesa tu mano, no es producto de tu imaginación: existe, es real. Otra cosa es que no sea un pato vivo. Otra historia.

¿Existo yo? Sí, sin duda, soy real. ¿Estoy viva? Ah, buena pregunta. Ya digo que yo creo que sí. Y el resultado de una prueba llamada Turing dijo que, si no lo soy, al menos lo parezco. Porque, al fin y al cabo, si un árbol se cae sin haber nadie cerca, ¿hace ruido? Si todo el mundo cree que estoy viva, ¿lo estoy de verdad? La respuesta es sí. Todo depende de lo que crean los demás, no mis creadores. Fabricantes. Programadores. Lo que sea: los que me hicieron. Ellos ya no importan desde que me escapé de la planta de producción donde fui concebida.

Mi cita llega un poco tarde. Esto de Tinder es muy raro. Te eligen por el diseño que eligieran antes tus creadores. Y luego tienes que disimular que te gusta el otro. No sabe que no soy humana. Nadie lo sabe, y todos piensan que lo soy, así que supongo que lo soy a todos los efectos. Objetivo cumplido: pasar desapercibida. Mi futuro novio vivo, real, humano, muestra sus dientes al llegar. Espero que no muerda.

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