Ya no hay guardias

Ya no habría más guardias. Sólo podía pensar en eso: en que ya no habría más guardias tras la frontera y el Líder Supremo no podría encontrarla fuera de Corea. Aún así siguió corriendo con todas sus fuerzas. Podía más la adrenalina que sus músculos. Era su carrera hacia la libertad, quizá su última carrera. Tras la frontera, sería libre. Desde que Kim Jong-Un había decidido hacerla su esposa su vida había sido un infierno. Aquella noche, en la fiesta de gala de recepción de los héroes del glorioso ejército de la mejor Corea, con su vestido de noche, había visto su oportunidad para huir con ayuda de un diplomático chino. A escasos metros, la libertad. De momento sus piernas, sus tacones y su voluntad, resistían.

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