Yo también sufro el fenómeno de los apagafarolas

Pero no en silencio. Sí, soy un apagafarolas. Un peregrino. Mi antigua… Pero está en todos los trastos. No sé qué les hago. Se rompen. Todo lo que toco, antes o después se desarma. Se me descuajeringan los mandos de la tele. Me dan problemas los lectores de tarjetas. Es continuo, viene de siempre y no puedo evitarlo. Como cuando mi vecina de enfrente, que además de fan de Medina Azahara es pizzera y del atleti, me usa de recurso humano útil, me invita a comer en su casa y medio minuto después de haber recalentado unos champiñones en el microondas, el micro deja de emitir toda luz, sonido o movimientos. “Llevaba años funcionado sin problemas”, me dice con una mirada entre acusadora y acusadora. Trato de explicarle que yo sólo le he dado al botón y que, de hecho, mis setas están calientes, pero es igual. Mi plato es el último plato de la comida. Lo llevo dentro. Es una maldición. Mi móvil nunca tiene cobertura aunque todo el mundo a mi alrededor regale rayitas. Mis discos duros hacen ruidos como de ruecas de molino triturando alfileres y se mueren con una facilidad pasmosa. Las luces de salpicadero de los coches se apagan. Los aires acondicionados no enfrían. Los relojes no dan bien la hora y se les desprende la esfera. Los colgantes se parten en dos, las pulseras pierden su cierre, las zapatillas se separan de la suela. Los dosificadores de los frascos de colonia me duran una semana. Me acerco ayer a Madrid a conocer por fin el piso de mi hermana y el tren de metro se para en algún punto de la línea tres y acto seguido anuncian por altavoces que debemos desalojar los vagones por un problema técnico. Se destartalan los muebles. Las farolas… Las farolas se apagan a mi paso, al contrario que las personas.

Me visto con colores de Stendhal para una exposición de Warhol y me parece tan apropiada una cabina de fotomatón que no puedo evitar sentar a Saray sobre mis rodillas para hacernos una tira. Echo los euros pero no pasa nada. Ni siquiera se los traga para siempre y caen con un tintineo metálico. “Está rota”, me dice. Me niego a creerlo. Cambiamos las monedas y se repite el circuito. “Adri, está rota”. Que no, y no, y me niego. Esa cabina de fotomatón es mi Factory particular y quiero esa tira. Pero no pasa nada por más monedas que echo. “Adri, está rota”. Era una exposición interesante de una comisaria hábil y hacerme cuatro fotos con Saray sentada encima es el cortocircuito lógico perfecto para mi minuto de fama con algo tan banal como dos euros. Pero tiene razón: por supuesto, como no podía ser de otra forma, está rota.

Salimos y de camino al coche le pregunto qué me va a regalar, aunque no tiene por qué regalarme nada -nunca lo ha hecho-, por Navidad. Responde: “¿Mi amor?”. Por un momento pienso que no me ha oído y repito la pregunta más alto: “Que qué me vas a regalar por Navidad”. Repite: “Mi amor”. La miro entre acusador y acusador. Las mujeres tienen un concepto curioso de lo que es un regalo. Saray, en concreto, tiende a equiparar un “te quiero” con, verbigracia, un GPS para el coche que me vendría de perlas. He tenido dos y los dos se han roto. No pregunten por qué. Sólo les usé unas cuantas veces. Es la maldición.

También, ya lo he dicho, apago farolas. A veces, conscientemente.

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